La vida brotó y unos bellos capulíes se abrieron en par. ¡Cuánta esperanza se reflejaba en ellos!
Pasaron los meses y el pequeño crecía, los vecinos al mirarlo le sonreían.
Pasaban los años y ya los vecinos no lo veían tan seguido, sólo al esperar el transporte escolar por la ventana lo lograban divisar.
Pasaban los días y algo comenzó a suceder, pesadillas y monstruos rondaban en su mente al anochecer.
En la escuela no podía concentrarse, estaba desanimado sin ganas de jugar ni aprender. Sus maestros presentían que algo sucedía, pero era algo que no podían ver.
Alguna vez su abuela le preguntó: “¿Qué te pasa cariño?” a lo que el niño respondió: “Tengo miedo a que los monstruos vuelvan a aparecer”. Su abuela lo miró, sonrió y le dijo: “Los monstruos no existen, no hay nada que temer”.
Una tarde, la casa del niño de ojos capulíes pareció estremecerse. Los vecinos escucharon gritos y llantos, insultos y al cabo de un momento, silencio total. Asustados, llamaron a la policía y fueron a investigar.
Al abrir la puerta, algo horrible pudieron observar. Un pequeño cuerpo yacía en el suelo, destrozado a golpes. Parecía un camino de amapolas sobre la alfombra. El silencio retumbaba en la habitación.
Su último pensamiento fue: “Los monstruos sí existen, pero al menos ahora, ya no hay nada que temer”. Aquellos capulíes ya no brillarían nunca más.