A aquellos valientes que aman sin condición.
A aquellos que miran al espejo y son felices con quienes son.
A aquellos nobles que lo dan todo por amor, aun cuando ello signifique morir de dolor.
A aquellos que cuando miran al otro no ven sólo su exterior.
A esos que pueden llegar a tocar tu corazón.
A aquellos que no sólo hacen sonreír a tu rostro pero también a tu alma.
A esos sabios que están ahí para apoyarte e incluso levantarte cuando has caído, de la manera más sencilla y humilde pero la más sublime de todas.
A aquellos con quienes compartes tus penas, tus alegrías, tus logros y fracasos.
A los que están ahí para consolar tu llanto, para prestar su hombro, para abrir su corazón.
A los valientes que no piensan en el futuro sin dejar de disfrutar al máximo del presente.
A esos inigualables que a pesar de haber experimentado un pasado doloroso, han logrado salir adelante.
A ellos, que aman sin fronteras, a ellos que aman de verdad, a ellos cuyo corazón es del tamaño de su puño pero cuyo amor es más inmenso que el mar.
Me gusta la vida en verdad. La vida en sí.
No me refiero exclusivamente a mi vida. Tampoco quiero decir que no me agrada la vida que tengo. Es buena. Dios ha sido bueno conmigo. Tengo mucho por lo que estar agradecida.
Inclusivo debo decir que agradezco aún los momentos desagradables porque gracias a ellos he podido disfrutar mucho más los pequeños momentos de felicidad. Total después de cada noche se levanta un nuevo día.
Me gusta la vida. Admirarla en todo su esplendor. Admito que en ocasiones, en ataques de histeria no la he sabido valorar, no la he querido apreciar.
Pero es tan hermosa de verdad. Observar cada pequeño detalle. El rocío de las flores, incluso él se aferra a la vida pendiendo en aquellos bellos seres, las plantas, entregándoles toda su existencia, toda su frescura.
Y las pequeñas hormigas, tan colaboradas. Dedican su existencia a su comunidad. Pequeñas pero indispensables. Cada día es una lucha por encontrar y llevar alimento para su pequeña sociedad. Son admirables.
Todo es tan pacífico en este silencio, en este lugar. Todo es simplemente maravilloso.
Muchas veces miramos muy superficialmente lo que nos rodea y a quienes nos rodean. No observamos aquel mundo interno tan lleno de misterios y de luz. No apreciamos la naturaleza que nos rodea ni la naturaleza que se propaga en cada uno de nosotros.
Así como no todo es luz no todo es oscuridad.
Tal vez el sol no siempre brilla sobre nosotros porque también la lluvia nos ayuda a crecer.
Quizás la vida no siempre es como nosotros quisiéramos que fuera y aunque muchas veces no me lo crea es definitivamente lo mejor. Todos los caminos que decidimos seguir (algunos erróneos) hacen que cada experiencia sea interesante e inolvidable. Apreciarlos y no dejarnos vencer por los malos ratos es lo que permite que cada día busquemos nuevas formas de levantarnos y de seguir caminando. Nos permiten moldearnos, descubrir quiénes somos y descubrir que vale la pena vivir.
Amigo mío, te extraño.
Muchas veces en las noches te extraño; no sabes cómo pesa tu ausencia.
Recuerdo el día en el que te conocí. Te veías tan indefenso y a la vez un luchador, tu astuta mirada reflejaba un poco de desconfianza hacia mí y también terquedad, risa me da esa obstinación tuya que no sabías disimular.
Tenía miedo de acercarme a ti pues pensaba que me aborrecías y de repente, un día, nos empezamos a conocer. Desde ese entonces los días eran más gratos, el miedo y la desconfianza de ambos se esfumaron, y un sentimiento cálido nos comenzó a envolver.
Tu mirada reflejaba ahora alegría cuando me veías y en tus pequeños y sencillos ojos capulí yo podía sentir pureza y una confianza infinita que sabía sólo en ti, la encontraría.
Los años pasaban y nuestra amistad era más solida, eterna, no requeríamos de palabras para comprender al otro, bastaba una mirada y el mundo que escondíamos en nuestro ser se dejaba ver en medio de nuestras pupilas. Hasta que un día tus ojos dejaron de brillar.
Delicado y frágil, así te encontré.
Con la mirada triste, sin luz, esperándome.
Yacías allí en un pequeño rincón, yo me sentía más pequeña al saber que mi buen amigo había dejado de existir.
Dolor. Desolación. Quebranto. Ya no tenía quien me supiera escuchar en las noches; ¿con quién conversar con las miradas y el corazón?
¡Oh mi yellowface! Mi pequeño angelito alado, ¡Qué tristeza me invadió tu partida! Y a veces aunque tu ausencia corporal es real, sigo sintiéndote aquí, sigo sintiendo que me esperas para charlar, para cantar.
Mi pequeño amigo emplumado, porque no hay ser humano que pueda reemplazarte en tu pureza y gracilidad. No hay quien pueda llenar ese vacío inmenso que quedó después de tu partida, ese silencio casi eterno que se me clava en el corazón.
Mi verdadero amigo, el más noble que he conocido, no me importa qué concepto tiene la gente, no me importa que haya quienes piensen que seres tan transparentes como tú carezcan de alma por no pertenecer a la especie humana; lo único que sé es que no podría existir un cielo para mí si es que tú no estás en él.
Deseo y estoy segura de que algún día te volveré a ver mi hermoso yellowfaced.