
Voy acercándome a una puerta que me llevará hacia otra realidad. Repentinamente se abre y los sonidos que empiezo a escuchar se presentan pretenciosos y vacíos.
Rostros pálidos detrás de una prisión transparente, de vidrio.
Rostros inexpresivos con cierto poder envolvente.
Hay otros seres como yo pero a la vez diferentes. Se quedan absortos en esos rostros, en esas figuras, en esos cuerpos inanimados.
La gente los mira y observan detenidamente lo que llevan puesto, ellos, los otros.
Miradas asombradas, sorprendidas…como si en aquellos cuerpos sin vida existiese algo resplandeciente. Como si un náufrago hubiese encontrado algún tesoro perdido.
Se trasportan hacia aquella prisión para visitar a aquellos seres inexpresivos.
Continúo con mi viaje por un pasillo resplandeciente pero a la vez sombrío. Ríos de gente, todos caminando apresuradamente; cada uno buscando su propio tesoro, absortos en sus conversaciones banales, algunas no tan insustanciales.
Vienen y van, van y vienen de un lado a otro a veces sin saber con exactitud lo que están buscando. Se amontonan de objetos y siguen en su búsqueda.
La lista es cada vez más grande.
Basta con pasar un pedazo de plástico por una extraña maquinita y ¡listo! El producto ha sido adquirido.
La gente se acumula de cosas y va olvidando lo que realmente importa.
Creen que las cosas pueden en de cierta manera suplantar los sentimientos, las emociones.
Y nos volvemos más inhumanos, más insensibles. Todos corremos el riesgo de convertirnos en aquellos rostros inexpresivos en “maniquíes” andantes…
1 comentario:
Es cierto, la gente busca lo que el maniquí lleva puesto con la esperanza de volverse maniquí, de verse "así de bien", de que l@s demás l@ admiren como si fueran un tesoro, de que l@s demás l@ deseen y se enamoren. Piel encima de la piel, Caramelos para el ego.
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