
Me gusta la vida en verdad. La vida en sí.
No me refiero exclusivamente a mi vida. Tampoco quiero decir que no me agrada la vida que tengo. Es buena. Dios ha sido bueno conmigo. Tengo mucho por lo que estar agradecida.
Inclusivo debo decir que agradezco aún los momentos desagradables porque gracias a ellos he podido disfrutar mucho más los pequeños momentos de felicidad. Total después de cada noche se levanta un nuevo día.
Me gusta la vida. Admirarla en todo su esplendor. Admito que en ocasiones, en ataques de histeria no la he sabido valorar, no la he querido apreciar.
Pero es tan hermosa de verdad. Observar cada pequeño detalle. El rocío de las flores, incluso él se aferra a la vida pendiendo en aquellos bellos seres, las plantas, entregándoles toda su existencia, toda su frescura.
Y las pequeñas hormigas, tan colaboradas. Dedican su existencia a su comunidad. Pequeñas pero indispensables. Cada día es una lucha por encontrar y llevar alimento para su pequeña sociedad. Son admirables.
Todo es tan pacífico en este silencio, en este lugar. Todo es simplemente maravilloso.
Muchas veces miramos muy superficialmente lo que nos rodea y a quienes nos rodean. No observamos aquel mundo interno tan lleno de misterios y de luz. No apreciamos la naturaleza que nos rodea ni la naturaleza que se propaga en cada uno de nosotros.
Así como no todo es luz no todo es oscuridad.
Tal vez el sol no siempre brilla sobre nosotros porque también la lluvia nos ayuda a crecer.
Quizás la vida no siempre es como nosotros quisiéramos que fuera y aunque muchas veces no me lo crea es definitivamente lo mejor. Todos los caminos que decidimos seguir (algunos erróneos) hacen que cada experiencia sea interesante e inolvidable. Apreciarlos y no dejarnos vencer por los malos ratos es lo que permite que cada día busquemos nuevas formas de levantarnos y de seguir caminando. Nos permiten moldearnos, descubrir quiénes somos y descubrir que vale la pena vivir.
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